INVESTIGACIÓN

LA EDICIÓN DE LIBROS Y EL ROL DEL ESTADO EN HISPANOAMÉRICA

JOSÉ LUIS DE DIEGO

(Fondo de Cultura - Buenos Aires)

El autor de este trabajo, un especialista en la historia del libro y la edición, en esta oportunidad investigó sobre aquellas editoriales que, creadas en la “época de oro” de la edición hispanoamericana, con la llegada de intelectuales españoles exiliados durante la Guerra Civil, fueron sostenidas por el Estado. Para eso, toma seis casos emblemáticos: el Fondo de Cultura Económica, la Biblioteca Artigas, Eudeba, Monte Ávila, Editora Quimantú y la Biblioteca Ayacucho.

Surgidas en contextos políticos de grandes cambios como la Revolución Mexicana, el ascenso de Allende en Chile, el boom del petróleo en Venezuela o la caída de Perón en Argentina, tuvieron el propósito claro de dotar a estos cambios de sostén ideológico y cultural. La necesidad de actualizar la bibliografía universitaria que no existía en español, en el caso del Fondo de Cultura; el interés por reformular el canon nacional uruguayo, para la Biblioteca Artigas; la conformación de un mercado interno del libro de la mano del crecimiento de la clase media para Eudeba; la perspectiva americanista para la Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila; la política educativa de alcance masivo encarada por el gobierno socialista de Chile, en el caso de Quimantú, fueron los principales motivos de su creación.

Fueron proyectos autónomos pero no autárquicos, por lo que, la llamativa independencia de criterio a la hora de armar los catálogos, muchas veces chocó con las presiones políticas o los cambios abruptos tan habituales en nuestros países.
Muchas fueron las causas del desarrollo de esta figura del “Estado editor”. Además de surgir en condiciones especiales difíciles de repetir, hubo una generación de editores latinoamericanos como Arnaldo Orfila Reynal, Ángel Rama, Boris Spivacow, Emir Rodríguez Monegal o Juan Pivel Devoto, todos, grandes intelectuales, con una fuerte personalidad, que tenían un proyecto definido y mucha experticia, al punto que, cuando fueron despedidos o renunciaron, fundaron otros sellos. Tal el caso de Orfila Reynal con Siglo XXI y Spivacow con el Centro Editor de América Latina. En el caso de Ángel Rama, su muerte prematura puso en evidencia el vacío que se produjo en la Biblioteca Ayacucho, la que había dirigido hasta ese momento.

En el final, el autor se pregunta por el rol del Estado como editor en la actualidad y sostiene que, más que publicar libros, debería generar políticas de incentivo a la lectura, crear lectores. Una pregunta que adquiere relevancia a la luz del dominio de los algoritmos.

María Eugenia Villalonga